Sin Esperanzas

octubre 10th, 2013

 

Todos dicen que los adolescentes no saben aún lo que quieren, y que desde que empiezan esa etapa, muchas cosas pasan por su camino: la amistad, el amor, obstáculos que no dejan que sigan adelante.

Nuestras vidas tienen algo de sencillo, y algo que nos complica todo. Para mí, lo sencillo era enamorarse, pero lo difícil, que esa persona se vaya y me rompa el corazón. ¿Por qué lo digo? Porque me pasó.

Lily y yo, Juliet, eramos amigas desde el kinder. Crecimos juntas y, en tercer grado, llegó Kelly. Lily se enamoró del hermano mayor de Kelly, Sam, y creció rápido. Además de que su papá había muerto cuando ella era más pequeña. 

Cuando estábamos terminando la escuela primaria, llegó Matt. Extrovertido, activo y atractivo, Matt llegó a la escuela y, como a todas las chicas, nos robó el corazón. Esos ojos azules como el océano y ese hermoso cabello rubio, estaban en un solo chico, y de alguna forma milagrosa, mis ojos verdes y mi cabello azabache también lo cegaron. No mucho después, me dijo lo que sentía por mí y nos pusimos de novios. Éramos de esas parejas de adolescentes que salían por primera vez en sus vidas. Andábamos de la mano como niños en el kinder, que dicen ser novios cuando ni siquiera saben lo es. Nuestra relación duró hasta que yo cumplí dieciséis, o sea, hasta hace un mes. 

Una noche, antes de que todo sucediera, una llamada entró a mi celular. Cuando contesté, era Matt. Nuestra relación se había vuelto más seria en esos últimos cuatro años.

-Juliet- dijo-, necesitamos hablar… y no es nada bueno- continuó, después de una pausa.

-¿Pasó algo malo?- respondí, un poco ansiosa y preocupada por lo que me quería decir.

-¿Quieres almorzar mañana solos en la escuela?, es muy importante- me pidió, sonando triste.

-Sí, claro, les diré a las chicas que almorzaremos solos.

Y así fue como pasó, al día siguiente, me contó la triste noticia: su madre había sido transferida al exterior, y debían mudarse. Le pregunté si podía quedarse con su hermana, pero me respondió que ella entraría a la universidad en pocos meses y que en ese trayecto, se quedaría con su novio. Estuve llorando dos días por la ruptura, desconsolada porque no vería más su sonrisa.

Tiempo después, en la escuela todos tenían pareja, menos yo y el chico de intercambio. Lautaro, a diferencia de Matt, tenía ojos café y cabello negro. Era tímido y parecía haber sufrido. Un día, la curiosidad me invadió y decidí acercarme a hablar con él.

Parecía desinteresado, pero sus ojos café parecían llorar por dentro. Me presenté como su una de sus compañeras de física, y me reconoció al instante.

-Juliet, sí, te recuerdo- pone su cara pensativa-. La que se duerme en clase, ¿Verdad?- preguntó, burlón.

-Si me reconoces por eso, sí, soy esa- respondí con una media sonrisa-. ¿Por qué estás solo?- me atreví a preguntar.

-Porque nadie me cree- dijo, encogiéndose de hombros.

-¿Creer qué?- pregunté-. Si me lo contaras, podría creerte.

-Es una historia larga, no quiero arruinarte la tarde.

-No me arruinas la tarde, no quiero ir de compras hoy- digo, encogiéndome de hombros.

Nos sentamos bajo un árbol fuera del gimnasio después de la práctica. Suspiró.

-Como ya sabes, vengo de Colombia, y tenía una mejor amiga, Sally- su rostro se iluminó al nombrarla-. Era dulce y tranquila. Era tan tierna, y bajo su cabello rubio, había una sonrisa rosada y unos hermosos ojos celestes- sonaba tan orgulloso-. Su madre había fallecido cuando ella tenía seis años. Su padre, un profesor en la universidad, se enamoró de una profesora de baile- ahora, su mirada se ensombreció-. Se casaron y tuvieron un bebé. Sally me contó, ya siendo mi novia, que sentía que su padre las reemplazó a ella y a su difunta madre. Ella comenzó a pelearse con su padre y ella… ella…- parecía apunto de ponerse a llorar. Parecía tan débil- ella comenzó a escaparse por las noches, para irse a llorar al parque que quedaba a un par de manzanas de su casa- una lágrima silenciosa cayó por su mejilla-.Una noche, la pelea que tuvo con su padre…- y ahí terminó, sus lágrimas comenzaron a caer. Se levantó avergonzado y se despidió de mí, prometiéndome que me iba a contar la historia completa al día siguiente.

Eran las cinco de la tarde, y debía ir a hacer una tarea a la casa de Kelly. Cuando regresé a mi casa, en el autobús, eran las nueve de la noche. Caminaba tranquila, pensando en lo que me había contado Lautaro, cuando me choqué con una chica que estaba desesperada. La joven, tendría unos dieciséis años como yo, y me pareció raro algo. Cabello rubio, ojos celestes, labrios rosados, tímida.

-¿Sally?- pregunté, desconcertada.

-¿Te conozco?, soy nueva por aquí- respondió, inocentemente.

-Yo no, pero tu ex-novio sí- le espeté. Su mirada se iluminó.

-¿Lautaro? ¿Él está aquí?- preguntó, feliz.

-Sí, y llorando por ti- dije, sonando obvia.

-Te lo puedo explicar- me rogó-. Hay una explicación. Sabes mi nombre, ¿Cuál es el tuyo?

-Juliet- respondí-. Termina de contar la historia, porque Lautaro se hecho a llorar.

Ella suspiró.

Dijo que con gusto terminaría de contarla, diciendo entre medio lo sensible que podía llegar a ser Lautaro. Me contó lo mismo que Lautaro. Ella también era de Colombia. Agregó, también, que todas las noches se peleaban ella y su padre, y que por eso, se escapaba a llorar al parque. Una de esas noches, regresando del parque, cruzando la calle, un conductor ebrio la atropelló, y ella quedó inconsciente. Su padre se enteró a la mañana siguiente de la muerte de su hija. La verdad era que, el doctor escuchó a Sally lamentándose por su vida, y le propuso un acto que tal vez no la beneficiaría: pasar por fallecida y salir del país, cambiar la identidad y comenzar una nueva vida. Con la ayuda del doctor, escapó del país, y su familia, su novio y sus amigos piensan que está muerta. Luego, lloró un rato largo.

Quedamos en silencio, y por un rato, sólo se escuchaba el ruido del tren sobre las vías a nuestra derecha. No sé cuánto tiempo pasó, pero ella tardó un rato en tranquilizarse y, sin mirarme, dijo:

-Perdón, pero hay otra cosa- su voz estaba entrecortada por los sollozos-. Te lo debo contar…

Siguió contándome la historia. Su padre no era bueno ni con ella ni con su madre: a Sally le pegaba, y al parecer fue el causante de la muerte de la madre de Sally. Me contó, también, que su madrastra también la trataba mal. 

El tren volvió a pasar, cuando cada una tomó su camino, y poco a poco, nos alejábamos.

Tardé un poco en dormir. Reflexioné en lo que Sally me había contado, y me decía a mí misma: “Lily y Sam. Kelly y Colin. Jane y Ezequiel. Todos menos yo”. Logré dormirme a la media hora.

Semanas después, cuando ya había trabado amistad con Lautaro, en mis sueños apareció la imagen de un chico, con pelo negro y ojos café. Con ese sueño, comprobé que estaba enamorada de mi amigo.

Al día siguiente, estuve hablando con Lautaro. Me atreví a preguntarle por qué lloraba cada vez que hablaba de Sally, y él me contestó:

-Porque había perdido las esperanzas de que una chica parecida a Sally apareciera en mi vida- levantó la mirada y me miró a los ojos-. Pero las esperanzas no están perdidas, porque ahora, estoy entusiasmado con alguien, de nuevo…

-¿Y quién es?- le interrumpí.

-Cállate- me espetó.

Y sin dejarme contestar, me besó. Comprobé que ese quién era yo, y que, como había dicho él antes, no todas las esperanzas están perdidas después de la primera vez.

 

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octubre 9th, 2013

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